foto: Miguel Sampedro

Poner atención en la actividad que se está haciendo y no andar con la mente a los saltos de un asunto a otro como en un zapping, hace, sin duda, que realicemos mejor cada cosa y, también, que disfrutemos más. En la montaña, la falta de atención puede hacer que nos desorientemos en un camino no tan marcado o descuidemos otros pequeños grandes detalles.

Hay formas y formas de aprender a concentrarse. Una de ellas consiste en sentarnos confortablemente, cerrar los ojos (con el único objetivo de evitar la dispersión) y volcar toda la atención hacia un sonido, por ejemplo, sonido del viento. Durante algunos minutos, no pensar en otra cosa, como si sólo ese sonido existiera en nuestra vida. Si algún otro pensamiento irrumpe, observarlo (que uno no sea la mente, sino espectador de la mente) y regresar, una vez que haya pasado, a nuestro objeto de concentración: el sonido del viento.

Sugerencia: realizar este ejercicio durante algunos minutos, todos los días. Observar cómo, día tras día, la mente se va habituando, y concentrarse se torna una actividad cotidiana.

Por Anahí Flores

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